No estamos todas, faltan las presas

Antropólogas, sociólogas y criminólogas feministas están dando buena cuenta del peso que el sistema sexo-género tiene sobre la construcción “mujer” y, aún en mayor medida, sobre la que transgrede las normas. La “delincuente”, a lo largo de la historia, ha sido leída como un ser aberrante al incumplir la normativa legal pero, aún más, la normativa asociada a su sexo-genéro (pasiva, no violenta, sumisa”). Es decir, a las mujeres presas se las concibe como transgresoras de la ley pero también como transgresoras del género, lo cual tiene consecuencias gravísimas a la hora de “re-educarla”, re-normativizarla y castigarla en las prisiones.

La culpabilización, el abandono o la victimización son tres grandes estrategias para estigmatizar y docilizar a las “delincuentes”. Además, se da una trama compleja de relaciones entre la sexualidad, el género, el crimen y el pecado (ejemplo: mujer promiscua – o marimacho – delincuente – impura – pecadora – mala…) que hay que considerar. Por ello, los análisis de la criminología hegemónica que asocian el delito con la criminalización de la pobreza son insuficientes y es preciso ir más allá: es necesario arrojar una mirada feminista sobre las prisiones para captar la complejidad de engranajes, dispositivos y tecnologías de género que se ponen en juego en la construcción de la delictividad, la criminalización y el encierro penitenciario. También para analizar las dimesiones de raza, sexualidad, edad, procedencia… que tienen que ver con la represión y el castigo.

En las prisiones todo esto se comprueba al observar los procesos de construcción de feminidades dóciles, pasivas, obedientes, y heterosexualizadas. La reeducación de los cuerpos y su adaptación a un modelo neoliberal, patriarcal y binarista, su normalización, son funciones privilegiadas del aparato penitenciario. De este modo, mediante los talleres educativos y/o laborales, la gestión de la sexualidad, el uso del miedo y las amenazas en la industria del castigo o el recurso a la culpa y la maternidad en un contexto de sacralización de la familia nuclear, las tecnologías ortopédicas de género se desplegarán con todo su esplendor para modelar las subjetividades.

Este modelaje será especialmente visible y castrante para las personas que presentan identidades de género no binarias o no “coherentes” con el continuum sexo-género-deseo y orientaciones-opciones sexuales no heterosexuales -o no monógamas, no reproductivas, remuneradas, fetichista, etc.-. La negación de la visita íntima a lesbianas, la represión de las expresiones de afecto entre mujeres y lesbianas o el rechazo a las identidades fronterizas serán mecanismos de regulación de las subjetividades, los cuales pasan por el estigma, el castigo y el maltrato.

Además, en general resultan alarmantes las condiciones relacionadas con la infraestructura, el hacinamiento, la salubridad, el trato cruel e inhumano a las personas reclusas y otras violaciones de derechos humanos dentro de las prisiones, en las que juegan distintos papeles la guardia, el personal profesional y otros agentes del Estado. Esta situación se ve agravada en las cárceles de mujeres y, aún más, en los módulos para mujeres en las cárceles de varones, las cuales carecen absolutamente de una perspectiva de género que permita analizar las relaciones de
poder y el contexto patriarcal en el que se enmarcan.

Violaciones, maltrato de todo tipo, abandono, estigma, culpabilización, infantilización… es el cotidiano para muchas mujeres presas.

¡ABAJO LOS MUROS DE LAS PRISIONES, PRESXS A LA CALLE!

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